Solo se puede aprender lo que se ama

Solo se aprende lo que se ama, así se titula uno de los libros de Francisco Mora.

Platón sentenció que “todo aprendizaje tiene una base emocional”. Estudios actuales avalan la certeza de esa idea. Se ha podido demostrar que, tras experimentar emociones positivas, nuestras neuronas liberan dopamina, un neuromodulador relacionado con el placer, la recompensa y el bienestar, que influye en la actividad cerebral y su plasticidad. Esto hace que las sinapsis se fortalezcan y repercuta positivamente en el aprendizaje. Es mucho más fácil aprender aquello que nos gusta o, mejor dicho, aquello que nos gusta lo aprendemos mejor.

Por fortuna estamos en una oleada donde muchos nos preguntamos sobre el nuevo paradigma de la educación y muchos apuntan a las emociones como pilar fundamental del aprendizaje. Las emociones, esas que a veces no dejamos salir por miedo a ser catalogados o porque dejarían ver cómo somos en realidad. Poco a poco, y gracias a las investigaciones de los últimos tiempos, se ha demostrado que la emoción tiene mucho que decir en el campo de la educación, para al final llegar a la misma conclusión que llegó Platón hace ya unos cuantos miles de años: todo aprendizaje tiene una base emocional.

“Las emociones colorean nuestros pensamientos; y con frecuencia, los suscitan. No hay emoción que no evoque una consecuencia fisiológica o conductual.” (Jesús Flórez, 1999, p. 537). Nuestro cuerpo es pura química. Ante un estímulo externo positivo las neuronas de los núcleos dopaminérgicos se activan y liberan dopamina. Dicha dopamina viaja por el cerebro y activa otras partes de éste relacionadas con los sistemas de recompensa y gratificación, fundamentales para el aprendizaje. Ese agente externo posiblemente provoque una emoción y, como dice el doctor Jesús Flórez, producirá una consecuencia fisiológica y conductual.

Son las emociones las que nos impulsan a realizar algo o no. Son las emociones las que nos ponen en nivel de alerta o nos llevan a un estado de bienestar, sin embargo son los agentes externos positivos los que nos acercan al aprendizaje. De los negativos también se aprende, aunque se usa otra vía: se activa la amígdala. En este caso se segrega adrenalina y noradrenalina al cerebro, preparando al cuerpo para una situación de peligro o estrés.  Nuestro cuerpo es capaz de aprender de ambos tipos de estímulo, tanto negativos como positivos. Cuanto más extrema sea la emoción mejor aprenderemos. Así podemos aprender de algo que nos apasiona y buscamos reproducir de nuevo ese estado, como de algo que nos perjudica e intentamos no volver a repetirlo. (Anaya Nieto, 2014)

Generalmente buscamos reproducir los actos que nos han provocado placer. Para ello las neuronas tienen ya un camino bien fortalecido y buscará repetir ese patrón. Las emociones pueden provocar cambios fisiológicos y conductuales. Nuestro cerebro es moldeable, es lo que se conoce como neuroplasticidad. Las conexiones neuronales pueden fortalecer caminos o debilitarlos, lo que generará cambios conductuales. Por lo tanto, una emoción nos puede llevar a buscar caminos antes desconocidos. Considero que esto es un asunto muy interesante, no solo a nivel educativo, también para el ámbito personal.

Cerebro y emociones

Para explicar este fenómeno me voy a apoyar en hechos reales, comenzando por el propio doctor Jesús Flórez. Desde que nació su hija con síndrome de Down dejó la farmacología para profundizar en el campo científico, concretamente en el del cerebro y la discapacidad intelectual. Con los años se convirtió en un experto en síndrome de Down, lo que le ha permitido ser reconocido y premiado por toda su labor. No cabe duda de que el doctor Flórez tiene aptitudes para el campo médico, pero él mismo reconoció en una entrevista que el hecho de tener una hija con dicha enfermedad fue el motor de todo, es decir, una motivación (Ritoré, 2009). Y es que la motivación es una predisposición a una acción resultante de una emoción. (Anaya Nieto, 2014, p. 104). ¿Qué mayor emoción puede haber que la de un padre o madre para con sus hijos e hijas? La finalidad de la emoción es preservar la vida del individuo, de la especie y de la actividad cerebral. (Anaya Nieto, 2014, p. 95)

En la vida hay muchos padres que han realizado auténticos descubrimientos en el campo de la ciencia movidos por la emoción para con sus hijos. Esto me hace recordar un hecho que años después fue llevado al cine. Se trataba de Lorenzo, un niño al que le diagnosticaron una enfermedad neurodegenerativa desconocida, adrenoleucodistrofia. Los médicos no le daban esperanzas de vida. Sus padres, movidos por la emoción, se convirtieron en expertos gracias a la motivación que tenían, la de ayudar a su hijo. Finalmente consiguieron llegar a un compuesto que se denominó aceite de Lorenzo. Los padres de Lorenzo no tenían estudios de medicina, pero en poco tiempo pudieron llegar a un conocimiento que les permitió entender libros de medicina y codearse con científicos y médicos, y gracias a ello consiguieron llegar a una fórmula para poder mitigar los efectos de la enfermedad. Los médicos no fueron capaces de encontrarlo antes porque les faltaba esa extrema motivación, esa situación emocional que solo los padres eran capaces de sentir.

Está claro que los hijos son una gran fuente de motivación, no obstante cada uno puede encontrar su leitmotiv. Eso es lo que la educación debe facilitar a los estudiantes. A veces la motivación viene dada por un hecho personal y puede llegar a condicionar la trayectoria de una persona. Muchas de ellas han decidido inclinarse por unos estudios u otros debido a una experiencia personal. Hijos que estudian abogacía por una injusticia en la familia, hermanos que estudian medicina tras tener un familiar enfermo… Como, por ejemplo, la científica Luz Rello. De pequeña le diagnosticaron dislexia, y en muchas de sus entrevistas ha podido expresar las dificultades de aprendizaje que le han acompañado durante su vida. Pero eso le produjo una emoción, a veces negativa. Como hemos explicado anteriormente, nuestro cerebro es muy práctico y aprende muchísimo de ellas, tanto que sabe cómo no volver a repetirlas. Luz Rello supo que no quería seguir pasando por tantas dificultades y quería hacer algo para que ningún disléxico pasara por lo que pasó ella. Estudió Lingüística, donde se graduó con honores, hecho que ya de por sí puede sorprender y nos vuelve a demostrar que la emoción puede ser un desencadenante del aprendizaje. Continuó su trabajo e investigación realizando modelos y patrones donde los disléxicos no tuvieran tantas dificultades de comprensión lectora. También ha desarrollado aplicaciones que facilitan el acceso a Internet a personas con dislexia, simplemente modificando el diseño o la grafía del sitio web, pero no el contenido. Por todo ello ha sido premiada y galardonada con el European Young Researchers’ Award (EYRA).

Todos estos casos dejan patente la importancia de la emoción en el aprendizaje. Sin una emoción es casi imposible el aprendizaje. Nadie puede ser capaz de aprender algo que no le motiva o le llama la atención.

 Me he topado con niños pequeños, de entre tres y cinco años, que se sabían todos los dinosaurios del Cretácico, o todos los jugadores de fútbol de La Liga, o los personajes de su serie favorita con todos los superpoderes de cada uno… la lista podría ser infinita. También he conocido padres o profesores que se quejan porque los chavales no son capaces de aprenderse de memoria la tabla de multiplicar. El diagnóstico del problema es muy fácil: no tienen motivación que les invite a ese aprendizaje de la tabla de multiplicar o de los ríos de la península. No les interesa porque no les motiva. Considero que deberíamos salir un poco de las aulas y buscar las emociones fuera de las cuatro paredes. Como mucho cambian de decorado dependiendo si estamos en primavera o en otoño, o el último proyecto de educación plástica. Para que algo motive hay que sentirlo y para ello habría que hacer de la escuela un centro de los sentidos para poder experimentar muchos tipos de emociones, las buenas y las malas, que de todas se aprende. Del placer que puede producir tocar el piano y que se dispare una conexión neuronal que incite a querer volver a tocarlo. Observar cómo crece una planta y que quede fascinado por el color y olor de las flores y despierte su curiosidad. La excitación o el terror absoluto al tirarse por una tirolina…

Platón tenía mucha razón. Todo aprendizaje tiene una base emocional que hace que se activen nuestras neuronas y que nuestro organismo responda hacia los estímulos, acercándonos o alejándonos de ellos. Son las emociones las que nos pueden llevar al éxito profesional y personal. Solo la fuerza resultante de una emoción nos acercará a aquello que nos gusta y así conseguir un aprendizaje significativo. Por ello es importante buscar un aprendizaje basado en el bienestar, lejos del estrés, porque son las emociones positivas las que permiten un fácil aprendizaje. Por eso solo se puede aprender lo que se ama.

BIBLIOGRAFÍA

Anaya Nieto, D. (2014) Condicionantes del aprendizaje. Bases del aprendizaje y educación. (pp. 85-111) Madrid: Sanz y Torres

Flórez, J. (1999). Cerebro disminuido: el valor de la emoción y motivación. Arbor. 640, 533-540.

García Menéndez, A. (2013) el aceite de Lorenzo (Lorenzos Oil). Enfermedad: realidad mirada desde distintos puntos de vista. Revista de Medicina y Cine. 1, 3-10.

Rello, L. (2013). New solutions for dyslexia. TEDx Talks. Madrid. Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=P1dRqpRi4cs

Ritoré, J.A. (24 de junio del 2009). Jesús Flórez, una vida dedicada al síndrome de Down. La regla de William, historias solidarias. Lainformacion.com 

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